[Parques Europeos] Piolín y Mickey, contra los números rojos

Piolín y Mickey, contra los números rojos

Los parques temáticos luchan por su supervivencia – El modelo de Disney no ha calado en Europa – Las colas, los precios y la imposibilidad de llevar comida propia desaniman a las familias

R. MUÑOZ / S. DEL ARCO 10/08/2008

Mes de julio. Domingo, tres de la tarde. Plaza de Superman. El sol abrasa la enorme S metálica del superhéroe del cómic, principal motivo ornamental de una fuente. Del suelo salen chorros de agua. Seis niños, hijos de tres parejas diferentes, saltan de chorro en chorro, jugando a tapar el agujero hasta que la presión del agua les retira el pie y les salpica todo el cuerpo. «Da gusto verlos. Sólo por esto, merece la pena pagar», le dice Jaume a Hernando, padres de dos de los niños. La fuente de Superman no es una atracción. Forma parte del paseo y del mobiliario urbano del parque, pero los críos disfrutan tanto o más que en las tazas de té de Scooby Doo o en la montaña rusa de Tom & Jerry. Y no tienen que guardar cola.

Las colas son una de las tres principales características de los parques temáticos. Las otras dos son que son caros y que su público está compuesto mayoritariamente por familias con niños pequeños y adolescentes. En España, hay incontables, porque todo el mundo que pone ahora una atracción de cartón piedra o un tobogán de agua se acoge a esta denominación de origen, pero los más famosos y concurridos son Port Aventura (Tarragona), Warner (Madrid), Terra Mítica (Benidorm) e Isla Mágica (Sevilla). Y aunque entrar en uno de ellos puede salir por un pico, los temáticos no dan, por ahora, dinero. Sólo Port Aventura es abiertamente rentable.

En los parques tratan de que el cliente gaste lo máximo posible. El aparcamiento, la entrada, los souvenirs, fotografías en los momentos más excitantes de las atracciones, comida, helados, chucherías y, por supuesto, el agua. Una de las características principales de los temáticos es que, «por motivos higiénico-sanitarios», está estrictamente prohibido entrar con cualquier alimento o bebida del exterior. Así que para combatir los treinta y tantos grados hay que pagar: 1,5 euros por una botellita de medio litro. Eso sí, para eludir las críticas, todos los parques aclaran que hay agua en los servicios.

La lucha por la rentabilidad es titánica. Si no hay colas, no hay beneficios. Hay que inventar fórmulas para no disgustar mucho al cliente y hacerle volver. La apuesta son las nuevas atracciones. Cada una de ellas cuesta en torno a los tres millones de euros, pero aquí el dilema es renovarse o cerrar. Port Aventura acabó la temporada de 2007 (clausurada el 6 de enero pasado) con un récord de visitas: 4,1 millones de personas. Parte del éxito se debe a su última atracción: Furis Baco, una suerte de montaña rusa que acelera de 0 a 135 kilómetros por hora en sólo tres segundos.

Terra Mítica, tras salir de la suspensión de pagos gracias a la venta de terrenos, decidió también apostar fuerte por las nuevas atracciones. El pasado verano construyó Inferno, una montaña rusa de reducidas dimensiones, cuyo mayor atractivo son los giros completos de 360 grados. Adrián, Javi y Roberto, bajan casi afónicos. «Inferno y Tizona son las mejores, pero hay que venir entre semana. El sábado y domingo flipas, un amigo estuvo esperando más de una hora». Warner, que superó el año pasado, la barrera del millón de visitantes, apostó este verano por una atracción familiar, Las vacaciones de Yogui, un paseo acuático en góndola que permite a los participantes disparar chorros durante el recorrido.

El agua es una de las principales bazas de los parques españoles en donde los muñecos no acaban de funcionar. Isla Mágica, con 40 grados como pan de cada día en verano, dice que tiene 42.000 metros cuadrados de agua. La anaconda, una montaña rusa de agua y Los rápidos de Orinoco, una atracción con final en cascada son los más concurridos. «La furia del Tritón es la mejor. Te mojas de arriba abajo», dice José María, de 10 años, de Cartagena, que visita Terra Mítica con sus padres y su hermano pequeño Javi, que está emocionado, informa Albert Vázquez

La fórmula de los parques temáticos no acaba de calar en Europa. Disney se instaló con su Mickey, su Pluto y su Goofy hace casi 23 años a las afueras de París, y aún no ha ganado ni un euro. Euro Disney sigue siendo una ruina pese a sus 15 millones de visitantes al año. «Uno de los problemas es que han sido diseñados por empresas que desarrollan parques en Estados Unidos, y esto no es América», señala Jesús Toribio, consultor de PricewaterhouseCoopers.

Toribio apunta a razones sociológicas. Los parques necesitan niños y las familias españolas tienen una baja demografía. Y además, el público adolescente prefiere otras opciones de ocio, como los videojuegos. Levantar un parque cuesta alrededor de 300 millones de euros. Para rentabilizarlo es preciso contar con más de dos millones de visitantes anuales, algo que sólo logra Port Aventura. Y por eso son caros, de 27 a 42 euros para los adultos; 19 a 33,5 euros para el menor. Un gasto más que considerable para una familia tipo -los padres y la parejita- como la de Adela, que visita Warner: «Entre unas cosas y otras, nos dejamos casi 200 euros. Y eso que Julito no paga porque tiene tres años. Cuando yo era una cría, íbamos al Parque de Atracciones, el de toda la vida. Mi madre se llevaba las tarteras con la tortilla y los pimientos. Sólo comprábamos la bebida. Entonces el que se quería subir a las atracciones compraba el tique y la entrada era mucho más barata. Íbamos tres o cuatro veces en verano, y eso que éramos cuatro hermanos. Ahora no dejan pasar ni el biberón. Y la entrada es cara porque pagas igual aunque no montes en nada».

El diseño de los parques está pensado para que sus clientes gasten lo máximo posible en el menor tiempo posible. En Warner, como en sus homólogos, para salir de una atracción hay que atravesar una tienda. Puedes comprar una camiseta de Piolín por 22,95 euros o una gorra por 14,95 euros. Además, te ofrecen por 7 euros la foto de tu rostro alterado por el pavor justo en el momento en que te despeñas por la montaña rusa o la cascada de agua.

El testimonio de Adela comienza a calar entre los responsables de los parques. Hay que buscar fórmulas para conseguir que el cliente repita. En Terra Mítica, la principal novedad este verano es la creación de un área de acceso libre, lo que se conoce como city walk en el mundo de los parques de ocio. En ella, el visitante pagará por cada atracción. También están los bonos y las promociones. Los que hacen furor son los pases de temporada y los de dos días consecutivos.

Otra fórmula para atraer público son los espectáculos. Terra Mítica ha sumado a los habituales la programación de dos grandes superproducciones que buscan atraer a los pequeños, los musicales High School Musical y Fama. El complejo opera en este caso como sala de espectáculos para sacar rédito a sus instalaciones, y sigue, según Santiago Lumbreras, responsable de comunicación del parque la fórmula de Disneyland París o la de los parques de Orlando, al ofrecer estos formatos, informa Santiago Navarro.

Warner y Port Aventura tuvieron claro desde el principio que las atracciones no bastaban. Espectáculos como Loca Academia de Policía o Aloha Tahití congregan muchos más espectadores diariamente que cualquier gran musical de los que se programan en la Gran Vía madrileña. La otra fuente de ingresos es la realización de eventos, desde convenciones de empresa a celebraciones familiares.

Y si Mahoma no va a la montaña (rusa), tendrá la montaña que ir a buscar a Mahoma. Así que los parques se han lanzado a una carrera por ampliar los horarios y por eliminar las temporadas. «Nuestro peor enemigo es el hombre del tiempo. Incluso cuando se equivoca. Las familias planifican con mucho tiempo su visita al parque. Así que si les dicen que va a llover el próximo fin de semana, ya no vienen, aunque luego salga un día luminoso», señala Juan José de Torres, director del Parque Warner. El recinto madrileño ha ampliado sus horarios en verano -los sábados cierra a las tres de la madrugada- y se prepara para abrir todo el año. Por lo pronto, van a incorporar la celebración de Halloween, en noviembre, como un reclamo. Port Aventura ha vuelto a ser pionera en este caso. Consiguió convertir esta fiesta en un éxito de público: el parque recibió 523.000 visitas mientras que en Navidad sólo tuvo 250.000. El parque catalán, asociado a los estudios Universal, nació en 1995 siendo un parque de atracciones y se ha convertido en un lugar de vacaciones. «Estos resultados avalan nuestra decisión de desestacionalizar el negocio y convertirnos en un destino de ocio familiar atractivo durante todo el año», explica la directora general de Port Aventura, Mercedes de Pablo.

Port Aventura cuenta con la ventaja de estar en una zona de gran tradición turística, la Costa Dorada, algo que ha sabido aprovechar la dirección del parque para «consolidarlo como destino». ¿Cómo? «Hemos alargado la temporada. Nuestro objetivo es mantener el parque abierto los 12 meses del año; ahora lo abrimos 10, y que esté tan lleno en octubre y noviembre como en julio», explica De Pablo.

En efecto, tener una oferta hotelera asequible e integrada en el parque, como Euro Disney, que permita convertir la visita al parque de unas minivacaciones de tres o cuatro días es otra de las obsesiones. Port Aventura dispone de tres hoteles -registraron una ocupación media del 76%-, tres campos de golf, parque acuático y beach club, un espacio junto al Mediterráneo reservado a los clientes de los hoteles. Y para 2009 pretende abrir un centro de convenciones para 4.000 personas. Los otros parques están aún muy por detrás. Warner también planea construir tres hoteles, centros comerciales y campos de golf, pero el proyecto se ha frenado por el parón inmobiliario.

Bugs Bunny, Diablo de Tasmania, Silvestre o Pablo Mármol, o mejor dicho, el actor que va metido dentro de su disfraz tiene sus propias ideas. Es un animador. Trata de divertir a los niños, que se hagan fotos, o distraerles en las colas. Aunque su disfraz puede valer más de 2.000 euros no tiene la virtud de ser aislante térmico. En su interior la temperatura supera fácilmente los 40 grados. Así que los actores tienen que salir de ellos cada 20 minutos. «Lo mejor de este trabajo es ver que un niño se tira a tus brazos emocionado. Pero no siempre es así. Algunos no te respetan. Te pegan patadas o se mofan. Y los padres no hacen nada», dice Samuel, un actor de 21 años que lleva tres años en la Warner. Gana 900 euros al mes en temporada alta. Ocho horas durante cuatro días. A él, como a Piolín o a Mickey, le gustan los niños, pero les gusta aún más el dinero de sus padres. Su supervivencia y la de los parques depende de ellos.

Fuente: El Pais

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