[Terra Mítica] El guión descriptivo de “El Laberinto del Minotauro”

Tras las vacaciones de verano, en las cuales hemos aprovechado para visitar varios parques, regresamos con nuestra sección semanal dedicada a los proyectos realizados por empresas españolas en el sector de los parques temáticos y volvemos a Terra Mítica y la abundante información que nos proporcionó Emilio Tramullas de Global TLA.

1. DESCRIPCIÓN DE LA ATRACCIÓN A2B, EL LABERINTO DEL MINOTAURO

Los tres motivos principales del Area 2, Grecia “El Lugar de los Dioses”, representan los tres escenarios geográficos que se corresponden con los tres conceptos esenciales del imaginario y la fantasía mítica de Grecia, tratados como arquetipos intemporales:

  • El ámbito de los Juegos Olímpicos, donde el visitante podrá vivir y participar en el resurgimiento de las modernas olimpiadas gracias a la posibilidad del simulador o cine dinámico ubicado en una reconstrucción del templo de Zeus.
  • La ambientación callejera de la plaza pública o mercado de la animada Ágora de Atenas como espacio donde charlar y conversar, comprar y convivir.
  • El escenario de Creta y su famoso laberinto del Minotauro, donde el visitante deberá desarrollar y hacer gala de sus habilidades.

Las edificaciones, su ambientación y decorados, los materiales, sus texturas y coloridos, la vegetación, etc. crean en el visitante la sensación de hallarse en el espacio prodigioso de Grecia como lugar donde los dioses y héroes compartían su existencia con los mortales.

La hora del mediodía era para los griegos (no olvidemos, pueblo mediterráneo) la hora en que el ágora, la plaza, están de “bote en bote”. En sus calles desfilaban sus procesiones y celebraban sus fiestas y muchos de sus espectáculos.

El visitante que proviene de Egipto divisa, en su recorrido por la zona de transición que separa las dos áreas, las ciclópeas murallas de Micenas, el visitante se siente transportado a un mundo nuevamente diferente. Franqueada la reproducción de la Puerta de los Leones, el visitante se encuentra a su derecha con un palacio Minoico-Cretense y divisa, en lo alto, las murallas y los edificios que conforman el Acrópolis. La topografía del área es un tanto acusada, ya que el acrópolis se sitúa en una colina, uno de los puntos más elevados del Parque.

Ascendiendo hacia el Acrópolis, el visitante puede entrar en el Teatro de Olimpia (simulador) donde vivirá las emociones de unos Juegos Olímpicos. Después de refrescarse en el Splash podrá contemplar las Cariátides del Templo del Erecteon y comer en el restaurante allí instalado para seguir adentrándose en las calles del ágora con sus tiendas, descansar contemplando el Olivo de Atenea para volver a divertirse subiendo en Las Sillas voladoras o en la Mini Montaña Rusa.

El visitante también tiene la opción de comer en el Restaurante Plaka, (sino lo ha hecho con anterioridad) antes de abandonar el Área dirigiéndose hacia el puente que lo conducirá hacía el Área 3.

La vegetación y el paisajismo están perfectamente integrados para recrear de un modo verosímil el espacio de los antiguos dioses. El Olivo es la especie dominante; otras especies de marcada presencia son el plátano, el ciprés y el algarrobo. Los arbustos asociados crean hermosos rincones de ambientación evocadora, se han elegido aquellos en los que predomina el amarillo, color que tematiza este área dándole un aspecto alegre y campestre.

La Atracción “Dark Ride” A2B, “El Laberinto del Minotauro”, objeto del proyecto, se encuentra dentro del edificio E2B. Este se sitúa al comienzo del recorrido del área 2, en un entorno paisajístico justificado por la puerta de Micenas y una prolongación amurallada. El recorrido por el tortuoso laberinto le hará disfrutar y le pondrá en apuros, despertando en él la agridulce sensación del reto por superar un obstáculo y el placer de conseguirlo.

Ubicación de la atracción

Ubicación de la atracción


La fachada del magno edificio de líneas geométricas que alberga el Laberinto, está inspirada en la del patio central del palacio minoico de Knosos (Creta), construido ca. 1650 a. C., con los colores y elementos tan representativos de esta arquitectura como las columnas tronco-cónicas o los cuernos del Minotauro.

1.1 ARGUMENTO DE LA ATRACCIÓN

Se trata de superar un laberinto disfrutando con el riesgo ante lo desconocido. Corren rumores increíbles sobre sus peligros, la existencia de pasadizos secretos, falsas salidas y trampas. Dicen que hay en su interior un Minotauro terrible que termina por devorar a quien no encuentra la salida.

El argumento será explicado en momentos previos a la acción de los recorridos, en los espacios de “Pre-Show” y colas, para situar a los visitantes en el contexto de éste, mediante imágenes alusivas a la lucha entre la inteligencia y la fuerza bruta.

  • El espacio de Colas

El espacio de colas discurre por el interior de un palacio impresionante, como corresponde a un palacio cretense, no sólo por su embergadura, sino por la gran riqueza de colores y formas. Su interior es inquietante, misterioso y sugerente. El recorrido es longitudinal, con rampas y espacios porticados, semiabiertos, a diferentes niveles. Las paredes están totalmente trabajadas, con estucos, frescos y bajorelieves, ornadas con cenefas geométricas. También los techos resultan de gran riqueza, con artesonados y pinturas. Numerosas lámparas votivas alumbran estos opulentos espacios.

En estos espacios el visitante se impregna de toda esta atmósfera palaciega, lo que le predispone a recibir la atracción con atención y expectativa. Le prepara en suma para recibir en el espacio de “Pre-Show” la información necesaria a su correcta actuación dentro del laberinto.

  • El espacio del “Pre-Show”

El visitante accede a una sala enorme, y como las anteriores, ricamente decorada por grandes murales. Oye una voz de mujer indicándole que deberá unir su fuerza y su astucia a otros guerreros, ya que sólo la unión del valor de un grupo podrá culminar con éxito la difícil tarea.

Seis… Unidos de seis en seis… Buscad compañeros… Seis serán los que venzan al monstruo…

Una proyección aparece en el fondo de la sala, la imagen del mar con dibujos en tinta oxidada sobre la espuma y las olas. Antiguos pergaminos se suceden; el plano de un laberinto fundiéndose con el viento, el rayo con la isla, la ciudad con un palacio… El palacio de Khonos.

Una puerta se abre y un grupo de visitantes es guiado a otra sala, en penumbra. De nuevo aparecen proyecciones, como en una ventana abierta a lo imaginario; una mano empuña una ballesta, luego otra mano, de mujer esta vez, repite la acción, y otra mano, quizás de niño. Mientras una voz les advierte…

No queda tiempo, escuchad: Vuestra arma es una ballesta. Empuñadla, buscad las dianas en los monstruos, son rojas y brillan en la oscuridad.

Luego aparece un extraño guerrero (un autómata), hundido hasta la cintura en una ciénaga, una malla oculta su rostro. Una criatura mitológica, en la que es perfectamente visible una diana, surge de la oscuridad. El guerrero dispara su ballesta, un rayo impacta en la diana mientras que la criatura grita y vuelve de nuevo a la oscuridad.

Pre-show

Pre-show

  • La Estación de Embarque

El grupo se adentra aún más en el palacio, las puertas se abren a su paso. Finalmente, accede a una gran sala de bellas proporciones y de gran riqueza decorativa. En las lámparas votivas brilla el fuego. A través de la oscilante claridad enturbiada por el humo ambiente, otros guerreros aparecen en distintas zonas de la sala. Llevan diversos objetos en las manos, pero una amenazante mano se los retira. Lo que explicará al visitante las normas de seguridad a seguir en el interior de la atracción.

  • Los Espacios Escénicos

El laberinto es un recinto mágico, cerrado y peligroso donde habitan unos seres poderosos y terribles sobre los que reina el Minotauro, un monstruo de extraordinario poder. Las guaridas donde estos monstruos se esconden están unidas por un recorrido tortuoso y difícil, lleno de grandes peligros que sólo humanos dotados de gran valor y habilidad pueden recorrer, superando todas las pruebas a los que aquéllos les someten. Los que lo consiguen se convierten en héroes. Los menos hábiles o valerosos deben volver a intentarlo.

Un sistema de transporte que permite formar grupos de 6 viajeros realiza un recorrido interactivo a través de doce escenas que exigen superar unas emocionantes pruebas de habilidad para vencer al Minotauro.

  • Escena1: “La Hidra”
  • Escena 2: “El León”
  • Escena 3: “Los Centauros”
  • Escena 4: “El Dragón”
  • Escena 5: “El Perro Cancerbero”
  • Escena 6: “Las Brujas”
  • Escena 7: “La Tela de Araña”
  • Escena 8: “Los Bandidos”
  • Escena 9: “La Esfinge”
  • Escena 10: “Las Aves Salvajes”
  • Escena 11: “La Princesa”
  • Escena 12: “El Minotauro”

Los visitantes, en grupos de 6, subirán a un vehículo en el que dispondrán de una ballesta cada uno para que, accionándola y a través de sus destellos, puedan abatir los diferentes monstruos y apartar o liberarse de los peligros, dando por superada la prueba. Cada diana acertada significa puntos conseguidos por el equipo. Consiguiendo un mínimo de puntos, se supera la primera fase del recorrido, que consta de 4 pruebas. Las cuatro pruebas siguientes forman la segunda parte del recorrido. Las cuatro últimas llevan a abatir al Minotauro y el grupo sale por la puerta triunfal. Los visitantes que no superen las 4 primeras pruebas, son apartados del recorrido y saldrán desviados por la puerta de los menos valerosos; al igual que los que no superen la segunda…

1.2 GUIÓN, EL LABERINTO DEL MINOTAURO

Cuando aún faltaban más de quince siglos para el nacimiento de Cristo, en las montañas de Arcadia, vivía un joven pastor llamado Teso. Todos los días, se levantaba con el alba para llevar su exiguo rebaño en busca de pastos, cada vez más difíciles de encontrar. Era una vida dura y monótona.

Una tarde, cuando el sol caía, Teso vio acercarse por el camino la figura de un anciano acompañado por un escuálido perro. El anciano le pidió algo de beber y Teso le invitó a compartir su modesta ración de pan y queso y le convenció para que pasara la noche en su refugio.

Al calor de la hoguera, el anciano le habló de una ciudad llamada Khonos, situada más allá del mar, en la Isla de Creta. Se trataba de un lugar hermoso y próspero, pero sumido en la tristeza. Sus habitantes vivían sometidos a la tiranía de una extraña criatura, mitad hombre mitad toro, que exigía cada año la entrega de los más bellos jóvenes y doncellas del lugar, para ser sacrificados.

El Minotauro, que tal era el nombre que recibía este terrorífico ser, habitaba en un enorme palacio, cuya visión imponente dominaba la ciudad y de cuyo interior se decía que era un intrincado laberinto, poblado por una corte de horribles criaturas.

Cansados de sufrir este cruel e injusto vasallaje, los habitantes de Khonos habían implorado la ayuda de los dioses. El mismísimo Ares, dios de la guerra, compadecido de sus desdichas, les había proporcionado unos misteriosos carros de combate, armados de mágicas ballestas y tirados por invisibles corceles. Ahora buscaban los valientes guerreros dispuestos a entrar en el laberinto y arriesgar sus vidas para acabar con el monstruo. El premio para quien lo lograra sería la gloria de los héroes.

Aquella noche Teso no pudo dormir. Cuando el sol volvió a asomarse por el horizonte ya había tomado su decisión. Se despidió del anciano, echó una última mirada a aquella tierra agreste donde había nacido y se puso en marcha en busca de la aventura que cambiara su vida.

Fue un largo y azaroso viaje. Tiempo después, sus ojos pudieron al fin contemplar aquello que el anciano le había descrito y se sintió sacudido por una emoción profunda. Tras saciar su sed en una fuente, se dirigió con paso decidido hacia la entrada del palacio. La sala era enorme y ricamente decorada por grandes murales. Oyó que le indicaban que debía unir su fuerza y su astucia a otros guerreros: sólo la unión del valor de un grupo podría culminar con éxito la difícil tarea.

  • Escena 0: Embarque

Antes de tomar conciencia de la situación vio como un carro de guerra metálico, aparentemente sin guía, se detenía junto a ellos. Maravillado y lleno de excitación se apresuró a subir y se apropió de una de las extrañas armas que había a su alcance. Cinco guerreros le imitaron presurosos, serían sus compañeros de aventura. Hablaban extrañas lenguas pero se les veía en los ojos idéntica determinación. Apenas estuvieron acomodados en el mágico vehículo, como obedeciendo a una orden misteriosa, éste se puso en marcha.

A medida que avanzaban comprobó que el entorno adquiría un aspecto de abandono. El carro se detuvo frente a una puerta que les cerraba el paso. Silenciosamente la puerta se abrió y franquearon el umbral. Teso sintió que su pecho latía sin control, acarició el arma y se aferró a ella para darse coraje.

Estación de embarque

Estación de embarque

  • Escena 1: La Hidra

La puerta se cerró a sus espaldas y pronto se vieron inmersos en un ambiente húmedo, envueltos por la oscuridad, la niebla baja y el silencio, roto por sonidos irreconocibles o algún chapoteo que hacía más inquietante aquella ciénaga de límites indefinidos. Todo contribuía a poner los nervios en tensión, así que cuando de pronto se vio enfrentado a una luz extraña dio rienda suelta a su instinto y descargó su ballesta por vez primera. Sonrió al comprobar que sólo se trataba de una especie de sapo enorme, que mugía como un toro, repugnante pero inofensivo.

Le pareció que todos estaban aliviados, pero entonces el carro giró para encarar la entrada de una cueva y el sobresalto fue mayúsculo. Estalló un rayo y a su luz vio una enorme cabeza que se abalanzaba sobre él. En un instante aquello fue un pandemonio. ¡La Hidra! Sus innumerables cabezas dibujaron contra el techo de la cueva una danza macabra, mientras por ojos y boca vomitaban fuego. Las ballestas disparaban sus rayos sin descanso y Teso vio como se conmovían al recibir los impactos y desaparecían en la oscuridad bramando de dolor. Al abatir la última cabeza otro rayo sacudió el espacio y un alarido agónico los acompañó cuando salían a través de un portal de piedra coronado por un bajorrelieve carcomido por el tiempo.

La Hidra

La Hidra

  • Escena 2: El León

Tomó conciencia de que habían entrado en un desfiladero alto y estrecho y alzó la mirada a tiempo para ver que una avalancha de piedras les caía encima, se encogió instintivamente para protegerse del impacto, pero el carro la esquivó y siguió avanzando. Las últimas luces del atardecer se colaban desde lo alto tiñendo el lugar de una luz rojiza y melancólica. Le llamaron la atención los ladridos lastimeros de un perrito, que permanecía amarrado a un carro como el suyo, totalmente destrozado, como si una fuerza sobrehumana lo hubiese arrojado contra las piedras. Era una clara advertencia.

Por una abertura de la roca, el carro se adentró en una cueva. Había un olor animal y un silencio tenso que le pusieron alerta. Ante sus ojos se levantó la figura de un enorme león, que al ver sus dominios invadidos, se irguió sobre sus patas delanteras y lanzó como advertencia un rugido aterrador mientras desplegaba una majestuosa y brillante melena metálica. Teso y sus compañeros quedaron un instante maravillados por la belleza del espectáculo, pero el carro avanzaba directamente hacia la fiera y dirigieron sus armas hacia ella. La bestia, alcanzada de pleno se revolvió herida y, ya sin fuerzas, se encogió entre bramidos.

Miró al pasar a aquel bello animal inmóvil y por un instante pensó en desollarlo y cubrirse con su piel, como había hecho Hércules con el león de Numea, pero el carro, arrastrado por sus invisibles caballos, prosiguió inalterable su ruta.

El León

El León

  • Escena 3: Los Centauros

Al abandonar la cueva Teso se vio sorprendido por la luminosidad de la noche y el sonido de agua que caía sobre las piedras, entre flores y enredaderas. A través de los juncos vio la luna reflejada en un estanque, donde se hundían entre nenúfares algunos restos de lo que pudo haber sido un palacio o un templo. Al fondo, a través de la cortina de agua, le pareció percibir una presencia humana y preparó su arma, pero se calmó al ver el espectáculo que se presentaba ante sus atónitos ojos.

En medio del estanque emergía una colosal cabeza de piedra, sobre la que estaba sentada una ninfa bellísima que tocaba distraídamente la flauta. A sus espaldas, de una cueva iluminada por la luz vacilante de una hoguera, salían sordos ruidos, como de cascos de caballo. Todos olvidaron por un instante los peligros que les rodeaban e intentaron llamar la atención de aquella criatura celestial. A Teso se le escapó un silbido de admiración, pero ella, concentrada en la música, los ignoró por completo. Los guerreros intercambiaron miradas de complicidad y sonrieron mientras atravesaban un portal hecho de troncos atados con cuerdas.

De pronto, surgiendo entre un espeso pastizal a la derecha del camino, el ataque del primer centauro les sorprendió casi por completo. Teso disparó automáticamente contra él y levantó la vista justo a tiempo para ver la trampa que les habían preparado. Una espesa red se desplegaba sobre sus cabezas y otros dos centauros cortaban presurosos las cuerdas que la mantenían sujeta a los árboles. Dispararon casi a ciegas mientras la red caía sobre ellos. Por muy poco no quedaron atrapados, siguieron avanzando entre amenazas e insultos de aquellas criaturas depravadas e infernales. Ya se creían a salvo cuando un nuevo centauro surgió de la espesura, se levantó sobre sus patas traseras y blandió amenazante su arma. Todos dispararon contra él, mientras el carro giraba bruscamente en dirección contraria poniéndoles fuera de su alcance.

Los Centauros

Los Centauros

  • Escena 4: El Dragón

El camino se adentraba ahora entre las ruinas de un jardín decadente. Junto a un árbol cubierto por la hiedra, un gato que parecía estar bebiendo, o tal vez pescando, en un hilo de agua que manaba entre las piedras se erizó sorprendido y desapareció entre la maleza. A la derecha, se alzaba un oscuro muro, cubierto de musgo y húmedas enredaderas, que parecía respirar. Era un ambiente opresivo, una bruma baja se adhería al paisaje y aumentaba la sensación de quietud y abandono. Las nubes en movimiento filtraban los rayos de la luna y el silencio sólo era quebrado por el sonido monótono de los hilos de agua que vomitaban los mascarones de una desvencijada fuente, revestida de ricos mármoles y el rítmico latido del muro. A medida que avanzaban el aire se hacia más espeso.

¿Y ahora, qué? ¿Qué nuevo engendro les cortaría el paso?

Sus sentimientos eran contradictorios, por una parte sabía que el camino era difícil y le producía inquietud y respeto, pero al mismo tiempo su sangre hervía ante el desafío y no podía volver atrás. Además, le daba seguridad la compañía de aquellos valientes. Todos, hasta ahora, se habían batido con valor.

Pero no pudo pensar demasiado. Las rocas parecieron cobrar vida y ante sus ojos se agitó algo que parecía un enorme cono de hierro incandescente. El primer golpe de vista le reveló la figura del dragón más imponente que hubiera podido imaginar un humilde pastor como él, en las oscuras noches de soledad y silencio, pobladas de miedos tan antiguos como el hombre. Lo que había visto era la cola del monstruo con su mortífero espolón. La mole estaba enroscada alrededor de un árbol calcinado, de cuyas ramas pendían unas enormes manzanas de oro macizo. Estas despedían una luz tenue que hacía más fantasmagórica la escena. La cabeza se alzó imponente, vomitando babas y fuego hacia los osados invasores. Pero Teso y sus compañeros ya eran conscientes de su propio poder. Les bastó sentirse codo con codo para intentar lo imposible. Entre la humareda, alguien disparó contra una de la manzanas y la luz que ésta emitía se apagó mientras el dragón se conmovía y lanzaba un alarido. El calor les azotaba el rostro. Rápidamente dispararon contra el resto de las manzanas y contra la horrible cabeza. El dragón, visiblemente debilitado, lanzó una última bocanada de fuego y se derrumbó entre sacudidas hasta quedar inmóvil. Pasaron a su lado con todos los sentidos alerta y las armas listas, pero la bestia ya no se movió.

El Dragón

El Dragón

  • Escena 5: El Perro Cancerbero

Teso suspiró con alivio y el carro atravesó una arcada de piedra y volvió a salir al exterior. La luna llena, de una luz intensamente azulada, les mostró los restos de un antiguo cementerio. Pasaron entre viejas estelas donde se movían nerviosamente los ojos luminosos de unas ratas de considerable tamaño que continuaron escarbando sin hacerles ningún caso, mientras, apoyado sobre una lápida, un búho les seguía con la mirada.

Al fondo advirtieron una bifurcación, parte del camino se perdía a la izquierda bajo un estrecho y oscuro portal de piedra trabajada, pero los caballos giraron a la derecha dirigiéndose con decisión a la entrada de una nueva caverna, de aspecto aún más siniestro que las anteriores. Sintieron calor antes de entrar, pero al internarse en ella la sensación se hizo más intensa, casi insoportable. Las paredes de la cueva parecían al rojo vivo y el suelo vomitaba humo y lava y despedía un inconfundible olor a azufre. Por si faltaba algo para dar aquello un aspecto infernal, del fondo de un foso, rodeadas por una cortina de fuego, emergieron ladrando terroríficamente las tres cabezas del Cerbero, el mismísimo guardián de las puertas de los infiernos. Las mágicas ballestas lanzaron sus dardos casi simultáneamente mientras el carro avanzaba sobre aquel magma incandescente y entre el fuego y la humareda apareció la salida cuando todo estaba a punto de derrumbarse sobre sus cabezas y sepultarlos en el mundo de los muertos.

 

El Perro Cancerbero

El Perro Cancerber

  • Escena 6: Las Brujas

Sudoroso, Teso sintió en el rostro el aire fresco de la noche. Respiró hondo y se sintió aliviado. El carro atravesaba un penumbroso camino, abierto en medio de una espesa arboleda. La luz de la luna se filtraba entre las ramas de los árboles que se entrecruzaban formando una bóveda natural. Le sobresaltó un aleteo inesperado, creyó ver un par de ojos que le observaban entre el follaje y se dio cuenta que aquellos troncos tenían algo extraño. ¡Forma humana! Enroscados y retorcidos cuerpos engullidos por la foresta, con los brazos alzados clamando a los cielos, se multiplicaban y prolongaban en innúmeras ramas secas. Los ojos brillaban un instante y volvían a apagarse, mientras se extendían al paso de los guerreros, los ecos de un largo murmullo, la súplica eterna de aquellos pobres desdichados.

El pasadizo acababa en una pared rocosa que les cerraba el paso y que les obligó a girar a la izquierda. Penetraron en otro espacio estrecho y alto. Frente a la pared rocosa se alzaban los restos de una majestuosa fachada esculpida en la roca. En los vanos de las ventanas anidaban unos seres, mezcla inquietante de mujer y pájaro. Al verles llegar extendieron las alas en un primario gesto de protección, al tiempo que se alzaban y emitían unos horribles chirridos que herían los tímpanos. Una de ellas levantó vuelo para avalanzarse sobre los osados humanos que quebrantaban su tranquilidad. Teso disparó su ballesta varias veces, apuntando a la cabeza y guiándose por la luz que desprendían collares y abalorios. Al mirar hacia el final del pasadizo, en un nido colocado sobre un bello pedestal, sostenido y protegido por figuras petrificadas, vio que otra arpía se erguía amenazante. Algunos de los huevos que empollaba ya se habían abierto y de ellos asomaban unas crías tan repugnantes como sus madres. La bestia, alcanzada por los dardos se replegó sobre sí misma, chillando de dolor.

Las Brujas

Las Brujas

  • Escena 7: La Tela de Araña

Un paso abierto en la roca les condujo a un lóbrego pasadizo, donde parecía que nadie había transitado en muchísimo tiempo. Por las rajas del techo penetraban débiles rayos de luna que le dejaron entrever una tupida tela de araña, adherida al techo, donde se debatían formas irreconocibles y que se extendía hacia un recodo, iluminado por un resplandor vacilante. Hizo una mueca y agachó la cabeza, sintió un poco de asco. Le pareció ver una sombra que se movía. El contacto con el arma le dio seguridad.

Al girar, posiblemente a causa de la vibración provocada por el paso del carro, un esqueleto se desmoronó estrepitosamente escaleras abajo, proporcionándoles un enésimo sobresalto. Pero el carro volvió a girar y se introdujo en una habitación polvorienta, con muebles, vasijas y utensilios en desuso esparcidos por todas partes. En un rincón había una forma humana totalmente envuelta en tela de araña, la despensa sin duda de alguna voraz criatura. Con asombro, descubrieron que el techo de la habitación estaba cubierto por una fabulosa tela de araña, compuesta de múltiples telas, que irradiaban luces de diferentes colores. Estaba sujeta a las paredes por medio de unas calaveras luminosas que contribuían a aumentar la irrealidad de la situación. La experiencia adquirida les hizo disparar automáticamente contra todo lo que despedía luz. Oyeron unos silbidos angustiosos y una figura, con el cuerpo de una araña y la cara de una horrible mujer, saltó sobre ellos. Pero las seis ballestas respondieron al mismo tiempo. La horrible visión volvió a trepar chillando hacia lo alto y desapareció.

La Tela de Araña

La Tela de Araña

  • Escena 8: Los Bandidos

Salieron por una puerta que amenazaba con caerse y entraron en un desfiladero de piedra rojiza. Teso sintió por un momento la angustia de pensar que aquel laberinto no tuviera fin. La naturaleza había formado unos caprichosos puentes, en forma de arco, que atravesaban el camino. Un insistente siseo les llevó a descubrir un nido de serpientes situado en una plataforma de rocas y vieron como otra, más grande, se deslizaba hacia ellos, descolgándose de la rama de un árbol solitario. Teso estiró la mano instintivamente para protegerse, pero la serpiente no se movió. Entonces les llegó de lejos el aullido de un lobo. La noche era ahora clarísima.

Al pasar bajo uno de los puentes vieron saltar hacia ellos, colgado de una soga, una figura monstruosa. Era un hombre con dos torsos unidos por la cintura a un par de potentes piernas. Mientras dos brazos sostenían la cuerda, los otros dos agitaban primitivas armas. Nunca hubiera imaginado Teso que pudiera existir algo parecido. Los designios de los dioses podían ser muy crueles. Sus compañeros gritaron y dispararon sobre el monstruo. Los deformes personajes les habían tendido una emboscada. En lo alto de una plataforma, otro engendro similar empujaba una enorme piedra, con la intención de lanzarla sobre el carro y aplastarlos. Casi al mismo tiempo, un tercero pasaba sobre ellos, balanceándose colgado de una cuerda, sosteniendo un cuchillo entre los dientes de una de sus bocas. Alcanzado por múltiples dardos gritó de dolor y quedó colgando sobre el vacío.

Un cuarto bandido los esperaba sobre el dintel de salida. Uno de los torsos estaba armado de arco y flechas y el otro preparó su lanza, pero también fue acribillado. Los guerreros, animados por el éxito, respiraron con satisfacción, cada vez más seguros de sí mismos.

A pesar de que pocos momentos antes eran auténticos desconocidos y además no podían entenderse con palabras, habían encontrado una unidad en la acción digna de guerreros avezados. Ahora sus rostros reflejaban la decisión de seguir adelante al coste que fuera. ¿Acaso el camino podía reservarles sorpresas aún mayores que las ya vividas? Teso comprendió que no había peor enemigo que la mediocridad y el aburrimiento de su vida anterior y se sintió dispuesto a intentar cualquier hazaña con tal de no volver atrás.

Los Bandidos

Los Bandidos

  • Escena 9: La Esfinge

El camino llegó a una nueva bifurcación, a la izquierda se abría un pasaje estrecho y completamente oscuro que le produjo un pequeño escalofrío, pero el carro giró a la derecha y se introdujo en un espacio de luz cegadora. Tenía el aspecto de una mina abandonada, pero de las piedras emergían, inconfundibles y tentadoras, enormes vetas de oro. También salían grandes pedruscos cristalinos que podían ser diamantes, zafiros y esmeraldas. Los rayos de luz cruzaban la galería de un lado a otro y de arriba a abajo, rebotando de piedra en piedra, de veta en veta, en un baile enloquecido. Pasaron junto a una cueva donde caía sin cesar una lluvia de polvo dorado. El espectáculo era fascinante.

De allí pasaron a un amplio recinto, un antiguo templo del que quedaban en pie cuatro altares, cada uno dedicado a un dios-animal diferente. Tanto el edificio como los objetos, esculturas y bajorrelieves, mostraban los rastros de una época de gran esplendor.

Sólo entrar en la sala los altares cobraron vida. Los enormes mascarones del Toro, el León, el Águila y la Serpiente se iluminaron simultáneamente y dirigieron al carro sus feroces miradas. Los guerreros cruzaron el templo a lo largo disparando en todas direcciones. El espectáculo que se desencadenó fue maravilloso. A medida que se extinguían las luces de los altares, en lo alto surgía una piedra preciosa, una gema enorme como las vistas en la mina, que se ponía incandescente y enviaba un rayo de luz hacia una hornacina colocada sobre el camino de salida. Cada rayo daba vida a una parte de una esfinge que ocupaba orgullosa la hornacina. Al extinguirse el último altar, el cuerpo entero de la esfinge se mostró en toda su magnitud y belleza a los ojos admirados de los viajeros. Parecía querer inundarlos con su luz sobrenatural y proporcionarles la fuerza y el valor que necesitarían para acabar con éxito aquella peligrosa aventura.

La Esfinge

La Esfinge

  • Escena 10: Las Aves Salvajes

Pero aquel carro seguía el galope constante de sus invisibles portadores y pronto se adentró en un espacio que, por contraste con el anterior, les pareció la oscuridad misma. Avanzaron por un pasaje de paredes montañosas grises y desnudas. Unas enormes losas, que parecían colocadas por titanes, servían de techado. Por las rajas se colaba la luz exterior y se percibían sombras y aleteos inquietantes.

Al salir al exterior, después de una curva del camino, se encontraron en un paso entre montañas. Arriba, la luz de pequeñas hogueras dibujaba las aberturas de primitivas construcciones. Era la única señal de que aquel paraje podía estar habitado.

Se olía el peligro y Teso y sus compañeros prepararon sus ballestas. El cielo se desplomó sobre sus cabezas en forma de unos enormes pajarracos como nunca antes habían visto. Surgiendo de la oscuridad, las bandadas se avalanzaban sobre ellos exhibiendo sus temibles garras y sus afilados picos. Disparaban enloquecidamente y, aunque lograban abatir algunas, veían que otras abrían sus alas y se preparaban para seguir a sus compañeras. Le pareció que había demasiadas y que su aventura había llegado a su fin. Los graznidos de aquellas aves eran estremecedores. Siguieron disparando hasta que por fin alcanzaron un portal que los puso a cubierto. Teso miró de reojo para comprobar que aún estaban todos.

Aves Salvajes

Aves Salvajes

  • Escena 11: La Princesa

Aún vibraban en los oídos de Teso el sonido de los aleteos y los horribles graznidos de aquellas aves increíbles cuando, asombrado, sintió en el rostro una brisa inequívocamente marina. A la tenue luz de un rayo de luna, una ola rompió a su derecha contra las piedras sobresaltándole. El carro se adentró en la caverna. Su oído atento creyó percibir unos lejanos lamentos en el mismo instante en que todo empezó a temblar. Pensó que era un terremoto pero, al levantar la vista, vió que la gruta estaba formada por los dedos de una gigantesca mano de piedra que amenazaba con triturarlos. La velocidad del carro los sacó del aprieto y salieron al exterior de la cueva, donde un brazo de mar había formado un tranquilo lago.

A sus ojos se mostró un espectáculo que les heló la sangre. Del agua emergía una cara pétrea y monstruosa; su interior, en llamas, iluminaba la cueva. La luz del fuego bailaba alrededor de ellos en las paredes rocosas. Dentro de la boca, entre las temibles fauces de largos dientes incandescentes que se iban cerrando lentamente, se hallaba atrapada una doncella de increíble belleza. Sus lamentos conmovieron a Teso que, saliendo de su encantamiento, disparó contra el monstruo. Uno de los disparos dio en un diente y este comenzó a replegarse. Siguiendo su ejemplo sus compañeros también descargaron sus ballestas frenéticamente. Los dientes, uno tras otro, sacudidos por los certeros disparos, se ocultaron en las monstruosas encías, el fuego se extinguió y aquella belleza de aspecto entre principesco y divino quedó en libertad.

Cuando abandonaban el lugar alcanzó al ver su expresión agradecida y su mano que agitaba un pañuelo despidiéndoles. Pensó que tal vez le estuviera esperando si lograba alcanzar la gloria de los héroes.

La Princesa

La Princesa

  • Escena 12: El Minotauro

En ese momento, el carro disminuyó bruscamente su velocidad y comenzó a girar sobre sí mismo, como si aquellos caballos invisibles de Ares se hubieran desconcertado. Habían penetrado en un espacio sin fin. Allí donde dirigía la mirada, hacia arriba o hacia los lados, Teso veía su imagen y la de sus compañeros multiplicada hasta el infinito. Para colmo el carro comenzó a andar hacia atrás. Teso se preparó, algo le decía que había llegado la hora del combate decisivo, la lucha final contra el Minotauro, señor del laberinto.

El carro de combate, con Teso y sus compañeros apretados hombro con hombro, penetró entonces en una especie de templo circular de suelo y columnas de mármol blanquísimo. Por encima de sus cabezas, con los pies apoyados en el dintel entre dos columnas, vieron por fin al monstruo.

La impresión fue terrible. Aquel ser parecía estar en todas partes al mismo tiempo, gritando amenazador desde lo alto, dispuesto a abalanzarse sobre los intrusos. Dispararon en todas direcciones mientras el carro abandonaba el recinto. Todos se miraban inquietos, preguntándose si realmente habían acabado con él. Y entonces, en lo alto, volvieron a verle en toda su magnitud de belleza y bestialidad. El Minotauro aullaba mirando hacia el cielo y se agitaba espasmódicamente envuelto en un remolino de luz azul que lo arrastraba hacia arriba. Asombrados contemplaron como aquella singular criatura, que durante tanto tiempo había aterrorizado a los habitantes de Khonos, se desintegraba y desaparecía para siempre.

Con el pulso aún alterado por la suma de tantas emociones, los valientes guerreros vieron las luces del final del laberinto.

La salida fue una explosión de júbilo. Bajaron del carro de combate entre vítores, aplausos y músicas. Desde los cielos el rostro de la diosa Palas Atenea les sonreía, invitando a Teso y sus valientes compañeros a ese lugar paradisíaco, reservado por los dioses para aquellos humanos que se convierten en héroes.

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1 respuesta

  1. pablowii dice:

    Brutal informacion. Si los de aqualandia supieran de esto… Muchas gracias

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